- ¡Oye, idiota! ¿te dormiste pegado al vidrio? - Gritó el hermano mayor de Bruno, Giuseppe.
- ¿ah? ¿que? no, no. - Contestó él - solo estaba viendo...
- La bendita bicicleta esa ¿no?
- .... si.... - Dijo Bruno, bajando la cabeza.
- Nunca vas a lograr pagarla ¿entiendes eso, no? - Dijo Giuseppe, colocando su mano en el hombro de su hermanito.
- Voy a comprarla, se que lo haré. - Contestó él, agitándose para quitarse la mano de su hermano de encima. Frunció el entrecejo, le tiró una mirada asesina y siguió caminando hacia la escuela.
- Eres un idiota Giuseppe. - Le dijo Francesca, (una de sus otras 4 hermanas, la única que aún no se había graduado) quien venía un poco más atrás. Le jaló la oreja, y siguió caminando. Giuseppe suspiró, se acomodó su mochila y los siguió.
Bruno era un niño de 10 años que vivía en Italia, era inteligente, humilde, sencillo y de gran corazón, con la capacidad de cambiar el mundo, pero sin ninguna motivación para ello. Vivía a varios kilómetros de la escuela, en una pequeña casa a la que le faltaba un poco de cariño. Nunca le había molestado el camino a la escuela, a pesar de lo largo que era, más bien, disfrutaba lo disfrutaba; era un momento del día en el que podía cavilar y perderse en sus pensamientos sin que otros le molestaran, era uno de los mejores momentos del día.
Llegaron a la escuela y cada uno fue a sus respectivos salones. Bruno se sentó en el mismo puesto de siempre, el primero de la fila. Colocó su bolso en la parte trasera del asiento, sacó su cuaderno, su lápiz y una vela que colocó y encendió debajo del asiento, para calentarse las manos de vez en cuando. Levanto la mirada y pudo ver que Giulia, la linda niña sentada junto a él, no tenía abrigo, ni vela para calentarse. Bruno siempre había sentido cierta atracción por ella; le encantaban sus ojos y su pelo café, además de su bonita sonrisa. Pensó que esta sería su gran oportunidad, se quitó el abrigo, apagó la vela, la tomó, se levantó de su asiento y fue hacia ella.
- Giulia... creo que... los necesitas más que yo. - Dijo el, con una sonrisa nerviosa.
- Em ¿como sabes mi nombre? - Preguntó ella, con cara de repugnancia.
- Lo se porque estudiamos juntos desde siempre. - Ya no se sentía tan valiente como antes.
- Oh, ¿y que te hace creer que yo necesito algo de ti?
- Es que, suponía que te estabas congelando, y quise ayudarte.
- No. No quiero que me ayudes - Dijo ella, girando la cabeza. Él bajó la mirada y volvió a su asiento. Las palabras de esa niña había arruinado el día, y el autoestima de Bruno. De regreso a su casa con sus hermanos, Bruno volvió a pasar junto a la tienda donde estaba la bicicleta, pero, a diferencia de siempre, no se detuvo a verla, no tenía ganas de nada. Solo quería llegar a su casa, y tirarse en su cama.
Pasó por la puerta de su casa detrás de sus hermanos, soltó su mochila, suspiró, se quitó el abrigo y caminó hacia su pequeña habitación. Pero su abuelo lo detuvo
- ¡Bambino! ¿Podrías por favor ir a comprar una bolsa de azúcar? - Dijo, agarrándolo por el hombro derecho.
- Nonno, no ha sido un buen día, solo quiero dormir. - Respondió Bruno, desganado.
- ¿Dormir? ¿a las 4 de la tarde? ¡lo que necesitas es un buen café con mucha azúcar! ¿podrías comprarla?
- Pero nonno, realmente no quiero...
- Bruno.. - Su abuelo se agachó, sonrió dulcemente y añadió - ¿podrías ir por favor? - Bruno no podía decirle que no a esa sonrisa.
- Bueno, está bien. - Fingió emoción.
- ¡Bravo bambino! - Sacó unas monedas de su bolsillo y se las entregó. Bruno tomó su abrigo y salió.
El mercadito no quedaba muy lejos, a menos de una cuadra, pero con la modorra y la depresión que Bruno traía, el recorrido se hizo infinito. Cuando llegó allá, se dio cuenta de que su abuelo le había dado dinero de más, seguro por error, porque el no hacía ese tipo de cosas. Compró el azúcar, y cuando iba a de regreso, pensaba si debía darle el dinero sobrante a su abuelo, o, empezar a ahorrar para su bicicleta. En ese momento, empezó a oír ladridos, y cuando se dio vuelta, alrededor de 6 perros enormes venían corriendo hacia él. Bruno empezó a correr, pero los callejeros lo alcanzaron en un segundo; lo derribaron, rompieron la bolsa de azúcar, pero antes de que pudieran atacarlo, Bruno se levantó y huyó. Mientras corría, se dio cuenta de que había tirado el dinero que sobró. Dejó de correr, pues los perros no lo estaban persiguiendo, recuperó el aliento, levantó la mirada y se encontró a si mismo frente a la tienda de la bicicleta. Se acercó al vidrio y pegó la cara de él.
- Si yo te tuviera, no tendría que vivir días como estos. Podría comprar azúcar sin poner mi vida en riesgo, podría llegar más rápido a la escuela, y Giulia no me vería como un tonto. - Dijo, hablándole a la bicicleta - Todos me respetarían, todos dejarían de verme como un pobre idiota..... Giuseppe está muy equivocado, yo si voy a comprarte, y con mi propio dinero. - Se separó del vidrio y caminó muy seguro hacia su casa.
Él sabía que si le pedía el dinero a su abuelo, se lo daría, aunque eso significara dejar de tomarse varias tazas de café. Pero Bruno quería comprarla con su propio esfuerzo, con el fruto de su duro trabajo. Recordó que hace varios días sus abuelos conversaban sobre la vecina de en frente, quien tenía varios perros a los que dejaba solos por las tardes y que estaba buscando alguien que los cuidara. Bruno tuvo una idea.
Al día siguiente, después de la escuela, Bruno fue a casa de la vecina, se puso en puntillas y tocó el timbre. Segundos después, una señora de pelo canoso, alta, gorda y de nariz bulbosa se paró frente a él con un perro café y diminuto entre sus brazos.
- Buenas tardes Sra. - Dijo Bruno, sujetando sus manos en su espalda.
- Buenas tardes mi lindo ¿en que puedo ayudarte? - Dijo ella, esbozando una sonrisa.
- Verá señora, yo quiero ganar un poco de dinero, y escuche por allí que usted estaba buscando que alguien cuidara sus perros.... - La señora dudó un poco, pero como nadie más había pedido el trabajo, decidió probarlo.
- Pero claro pequeño, mucho gusto, me llamo Fiorella, pasa adelante - Dijo ella, echándose a un lado, para que él entrara. Lo primero que vio Bruno al entrar fue una pequeña sala, con 2 sofás y una mesita de café; habían varios cuadros en las paredes, todos retratos de los perros de la sra.
- Ven mi clavelito, pasa adelante. - Dijo ella, pasando frente a él, y haciéndole una seña para que lo siguiera. Pasaron por un pasillo, por la cocina, hasta llegar a el patio (el cual no era muy grande, pero para Bruno, era una sabana) donde habían varias casitas de madera para perros, varios platos de comida y varios juguetes destrozados, en ese momento, 2 perros gigantes salieron a atacar al cachorrito que traía su dueña entre sus brazos.
- ¡no! ¡no mis niños, no! - Gritó la gorda señora, levantando al pequeño perrito café y colocándose en puntillas. - ¡Querido! ¿Podrías controlarlos? - Dijo ella, intentando sonreír. Bruno reaccionó rápido, tomó a los perros por los collares y los llevó al otro lado del jardín, mientras la señora Fiorella entraba a la casa y dejaba al cachorro dentro de la casa. Bruno pudo darse cuenta de que no eran de raza, pero eso no le importaba. Uno era blanco con manchas cafés, delgado y con las patas muy largas, el otro, negro azabache, con una cola gruesa y larga.
- Bueno, perdona lo que pasó anteriormente. Es que Tadeo y Mateo no quieren mucho al pequeño Otto.... - Dijo la señora, caminando hacia él.
- Y ¿cual es cual? - Preguntó Bruno
- El es Tadeo - dijo señalando al perro blanco - y el es Mateo - añadió señalando al perro negro. - Mientras estés aquí no puedes dejar que Otto se les acerque, él tiene un pequeño espacio en mi habitación donde pasa todo el día. Debes mantener sus platos llenos de comida y agua, debes cepillar a Mateo 3 veces al día y masajear las patas de Tadeo cada 2 horas. Debes evitar que se coman las plantas, y debes recoger sus necesidades. Debes entretener a Otto, pues él tiende a aburrirse demasiado. Cuando llueva, debes encerrar a Tadeo en la cocina y a Mateo en la sala, pues si están juntos en espacios muy pequeños, pues se agobiarán. Ah, y debes bañarlos una vez por semana. Ahora dime, ¿aún quieres este trabajo?
- Por su puesto que si señora Fiorella. - Contestó él.
- ¡Oh, casi lo olvido! ¿como te llamas?
- Bruno, señora.
- Muy bien entonces, mucha suerte mi clavelito . Volveré dentro de 6 horas. Hay un poco de comida sobre la mesa de la cocina ¡nos vemos! - Dijo ella mientras se iba.
Vaya, la señora Fiorella le había dado demasiada confianza a Bruno... en muy poco tiempo.
Continuará...
(:
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