Todos creyeron que él no había luchado para salvar al cachorrito; sus hermanos, su abuela, sus compañeros del colegio, vecinos.. la única persona que confiaba en su inocencia, era su abuelo. Pasaron los días y Bruno intentó buscar trabajo con otros vecinos, ofreciendo servicios de todo tipo, pero la señora Fiorella se había encargado de compartir la patraña con todos, y ya Bruno era conocido como "el pequeño asesino de perros".
Luego de la escuela, Bruno iba a tocar timbres, esperando que alguien lo tomara en cuenta y quisiera contratarlo; algunos le decían "No necesito ninguna clase de servicio" lo cual claro, era un mentira, otros se limitaban a ignorarlo por completo y no abrir nunca la puerta, pero habían otros que le decían de frente "No quiero muchachos como tu en mi casa".
Una de esas muchas tardes, luego de infinitos rechazos, Bruno llegó a casa, abatido, desesperanzado. Cerró la puerta con un golpe, y con la cabeza baja, se fue directo a su cuarto. Su abuelo lo detuvo con un grito desde la mecedora. "¡Bambino! ¿Por qué la cara larga?" Bruno solo quería ir a su cuarto, estar solo, pero, aún así, no quería dejar a su abuelo hablando solo.
- Ah, nonno, es que... nadie quiere contratarme. - Contestó, intentando sonreír.
- Oh, pequeño, ven aquí. - Dijo su abuelo, sonriendo, y abriendo sus brazos. Bruno corrió hacia él a abrazarlo. - Pero, déjame decirte que siempre parece imposible, hasta que esta hecho. Quizás tu bicicleta está mucho más cerca de lo que crees.
- Desde cierto punto de vista, mi bicicleta está cerca, porque, me falta poco dinero, pero, viéndolo desde otra perspectiva... está lejos, porque no tengo forma de ganar más. - Una lágrima bajó por su mejilla.
- En cierta forma, es bastante gracioso.
- Nonno... - Su abuelo solía ser bastante bromista, pero ciertamente, ese no era el mejor momento.
- Perdóname Bambino - Lo levantó y se lo sentó en las piernas - solo intenté hacerte sonreír.
- Pues no lo lograste. - Bajó la mirada. Su abuelo puso su manos bajo la delgada barbilla de Bruno y levantó su cara suavemente.
- Confía en la vida bambino, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades.
La mirada de Bruno se llenó de confusión.
- No... entiendo.
- Es que la vida no puede entenderse ¡si ni siquiera podemos entendernos a nosotros mismos!
Bruno se confundió aún más.
- Tu... solo confía en la vida. - Dijo su abuelo, acariciándole la cabeza con delicadeza.
- Sigo sin entender - Insistió
Su abuelo le sonrió, lo colocó en el piso con suavidad, se levantó de la mecedora y se fue a la cocina.
Raras eran las veces que Bruno o cualquiera de sus hermanos comprendían las palabras de su abuelo; eran complejas e intrigantes, pero a la vez sabias y conmovedoras. Su nonno, sabía mucho sobre muchas cosas, era un hombre excepcional, culto y cariñoso, "un sabio" como decía el hermanito de Bruno.
Una parte de él le decía que debía confiar en la vida, como se le había dicho, otra parte le decía que no había nada en que confiar, ya la vida lo había traicionado, pero una tercera y más grande parte de él le decía que debía levantarse e irse a su habitación, porque agachado allí estaba dañándose las rodillas.
Respiró hondo, apoyó su mano en el asiento, y se levantó, pero, cuando lo hizo la mecedora se inclinó hacia adelante, un sobre blanco cayó al suelo. Bruno lo recogió, y vio que tenía escrito en tinta negra y con la característica letra cursiva de su abuelo "Un regalo. No debes agradecerme nada.". Adentro había dinero... ¡el que necesitaba para comprar la bicicleta! ¡Era la dulce salida de la amarga dificultad!
A la mañana siguiente, sábado, Bruno se levantó muy temprano, desayunó y se fue a buscar la bicicleta, con el sobre lleno de dinero en su bolsillo. Finalmente, estaba a solo pasos de su tesoro, por el que había trabajado por tantos meses, por la que había masajeado patas, bañado y alimentado a dos perrotes con problemas para controlar la ira y un perrito malcriado; le había salido demasiado caro.
Llegó a la tienda con una sonrisa pintada en la cara, la cual se borró rápidamente, cuando se asomó en la vidriera y se percató de que allí no estaba la bicicleta. Bruno se precipitó rápidamente en la tienda.
- ¡Señor! ¿Y la bicicleta que ha estado en la vidriera todos este tiempo?
- La vendí. - Contestó el vendedor, muy antipático.
- ¿CÓMO DICE? - A Bruno se le vino el mundo encima.
- Que la vendí, ayer una niña vino y la compró
- No.. no pudo haberla vendido
- Si, si pude. Debiste haber llegado antes.
- ¿Está usted seguro?
- Completamente seguro.
Esa respuesta fue como un balde de agua fría en la cabeza de Bruno. Bajó la mirada, y se fue lentamente de la tienda. Una nube negra se posó sobre la cabeza de Bruno. Al vendedor se le arrugó el corazón.
"Espero que la vida tenga una muy dulce salida a esta sumamente amarga dificultad" dijo Bruno para sus adentros.
- Em, niño, espera.... tu....realmente querías una bicicleta... ¿no es así? - Preguntó el hombre, con un poco de tristeza en su cara.
- Si señor, con todas mis fuerzas - Dijo Bruno, deteniéndose, pero sin mirarlo.
- Espera...Creo que tengo otra por aquí - Y se fue rápidamente a la trastienda.
Ya empezaba a salir el sol. Y la sonrisa que antes se había borrado del pequeño, volvió a aparecer. ¡La vida no podía ser tan injusta con un pequeño niño inocente!
- Bueno.. - Dijo el hombre saliendo de la habitación, con una bicicleta vieja, decrépita, achacosa, estropeada, gastada, con un caucho espichado, en fin, una verdadera basura. - No está nueva. Le perteneció a un chico que trabajó aquí anteriormente, lleva años guardada allí. Con unos cuantos arreglos, quedará como nueva.
Y esa sonrisa volvió a desaparecer. Bruno dudó, pero, ya no había nada mas.
- Y... ¿en cuanto me la dejaría? - Preguntó Bruno.
- No te cobraré.
- ¿En serio?
- Tendrás que hacerle arreglos, no serán gratis, y tampoco baratos.
Bueno, al menos era una bicicleta.
- ¡Me la llevo! - Fingió alegría. El hombre sonrió, sintió que había colaborado en una obra de caridad. Le entregó la bicicleta y Bruno fue inmediatamente a el taller que estaba a dos cuadras. Al principio estaba bastante deprimido, porque había trabajado demasiado por algo que ahora nunca tendría, y en su lugar tenía una basura, por la que debía pagar para arreglarla ¡la vida era una verdadera descarada!. Pero, quizás no era tan malo, al menos tenía una bicicleta, dañada y decrepita, pero la tenía.
Llegó al pequeño taller, que pertenecía a un viejo amigo de su abuelo.
- ¡Hola pequeño! - Lo saludó Claudio, el viejo y gordo dueño al verlo entrar.
- ¡Claudio! ¿crees que puedas hacer algo con esto?
- Eeeh.. ¿qué es eso? - Dijo señalándola con desagrado.
- Una bicicleta.
- ¿Estás seguro de que lo es?
- Pues, eso espero...
Claudio la miró de cerca y con mucha atención, y se puso a calcular cuanto le costaría. Él sabía que la familia de Bruno no tenía mucho dinero, y que de seguro no podrían pagarle.
- Mmmm... creo que puedo, pero no será barato
- ¿Basta con esto? - Preguntó Bruno, entregándole el sobre. Claudio lo abrió y contó los billetes muy superficialmente.
- Si, está completo. Te avisaré con tu abuelo cuando esté lista ¿de acuerdo?
Bruno dio una sincera sonrisa como respuesta, y se fue a su casa, a contarle a su abuelo lo que le había pasado.
De camino a casa, se puso a pensar, y llegó a la conclusión de que, en cierta forma, era el niño con más suerte en el mundo; quizás con todos los arreglos, esa carcacha llegaría a ser mil veces mejor que la otra bicicleta. A Bruno no siempre le salían bien las cosas, pero casi siempre buscaba el lado bueno de los problemas.
Al llegar a su pequeña casa, vio a una ambulancia estacionada afuera, no podía ser nada bueno.
(Continuará...)
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ReplyDelete¿Dónde está la 4ta parte? ):
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