El tiempo fue pasando, y los perros tuvieron que acostumbrarse a la presencia de Bruno. Luego de varios meses, ya lo respetaban y querían, al igual que la señora Fiorella, que empezaba a ver a Bruno como ese nieto que nunca tuvo.
- Bruno, clavelito ¿cuando es tu cumpleaños? - Le preguntó una noche, justo antes de que se fuera
- El 15 de Marzo, señora. - contestó
- ¡Oh, queridito! ¡Pero si eso es mañana!
- Si, lo se señora.
- ¿Que quieres que te regale?
- No tiene que regalarme nada, tranquila.
- ¡Anda! ¡Deja que te regale algo! - Dijo ella, mientras se cruzaba de brazos
- No señora, no tiene que darme algo. No necesito nada - Contestó Bruno, aunque estuvo a punto de decir "Podría ser la hermosa bicicleta de la tienda de la esquina, señora Fiorella" pero recordó todo eso de conseguirla con el sudor de su frente y cambió de idea.
- ¡Eres bastante antipático Bruno! Pero no me importa lo que digas, igual te daré un obsequi. - Dijo ella. Bruno quería seguir negándose, pero pensó que ella podría llegar a tomarlo como una grosería.
- Está bien, señora Fiorella, muchas gracias.
- ¡Ese es el Bruno simpático que conozco! ¡Buenas noches y hasta mañana, clavelito! - Dijo mientras lo despedía con un gesto de la mano y cerraba la puerta.
Mientras Bruno caminaba a su casa , pensó que, quizás la señora le compraría la bicicleta, por pura casualidad. Fue el resto del camino con una sonrisa dibujada en su rostro.
Al día siguiente, Bruno se despertó con la misma sonrisa con la que llegó a casa. Desayunó en grande, como nunca lo había hecho, y recibió sus regalos. Sus abuelos le regalaron un sweater nuevo ¡no uno viejo que había usado su nonno! entre sus 6 hermanos le hicieron una tarjeta, que más tarde Bruno pegó sobre su cama. En la escuela le fue bastante bien para ser él; algunos compañeros y maestros recordaron la fecha y lo felicitaron ¡nada de burlas! ¡era uno de los mejores días de su vida!.
Esa tarde llegó más temprano de lo normal a casa de la señora Fiorella, y ya estaba preparado para recibir su bicicleta; se puso en puntillas, tocó el timbre, se alejó un poco de la puerta y preparó la mejor sonrisa.
- ¡Feliz cumpleaños mi clavelito! - Dijo la señora Fiorella abriendo la puerta
- ¡Muchas gracias! - Dijo Bruno, corriendo a abrazarla.
- Pasa adelante, te daré tu regalo - Dijo cerrando la puerta. - Sientate en la cocina, extiende las manos y cierra los ojos. - ... ¿Extiende las manos? claramente, no iba a darle la bicicleta. Bruno hizo caso, un poco desilusionado. Luego de un rato, oyó los pesados pasos de la señora que se acercaban a él; sintió un peso sobre sus manos
- ¡Sorpresa! ¡abre los ojos mi lindo! - Bruno abrió los ojos, vio sus manos y se encontró con un cuaderno grueso, rojo, no muy grande, una caja de lapices, y una pluma.
- Eeeh... muchas gracias señora Fiorella, muy lindo de su parte. - Dijo Bruno, mientras sonreía falsamente
- ¡Que bueno que te gusta clavelito! ¡A tu edad yo disfrutaba dibujando y escribiendo, espero que tu igual!
- Si, disfruto mucho esas cosas...
- ¡Excelente! Bueno.. ya debo irme ¡hasta la noche! - Bruno sonrió de nuevo, como si estuviera realmente feliz por ese regalo, aunque, dibujar y escribir fuera de la escuela, no era algo que le llamara mucho la atención...
- Si, disfruto mucho esas cosas...
- ¡Excelente! Bueno.. ya debo irme ¡hasta la noche! - Bruno sonrió de nuevo, como si estuviera realmente feliz por ese regalo, aunque, dibujar y escribir fuera de la escuela, no era algo que le llamara mucho la atención...
Esa noche cuando llegó a su casa, lo primero que hizo fue dejar su regalo sobre la mesa de la cocina e irse directamente a su habitación
- Oye, cumpleañero ¿quien te dio eso? - Le dijo su abuelo, tomando el cuaderno y mirándolo atentamente.
- La vecina. - Dijo, sin dejar de caminar.
- Me parece el mejor regalo que te han dado. - Bruno se detuvo y se volteó a mirarlo
- No, es inútil.
- No, Bruno, no es así - Dijo mientras se acercaba a abrazarlo - Este es el regalo más útil.
- Claro, es útil para la escuela.
- Si yo fuera tú, no lo usaría para la escuela.
- ¿Lo usarías como leña para encender una fogata? - Contestó Bruno. Su abuelo sonrió
- No.
- ¿Le arrancarías las páginas y lo usarías como papel higiénico? - Preguntó Bruno. Su abuelo volvió a sonreír.
- No, lo usaría para escribir lo que quisiera, Bruno.
- ¿Le arrancarías las páginas y lo usarías como papel higiénico? - Preguntó Bruno. Su abuelo volvió a sonreír.
- No, lo usaría para escribir lo que quisiera, Bruno.
- ¿Como qué?
- Eso lo sabes tu. - Dijo, tocándole la punta de la nariz - Pero, déjame decirte, no hay mejor compañía que un cuaderno y una pluma. Ellos nunca te abandonan, nunca se quejan, siempre están allí para ayudarte a expresarte, entenderte y encontrarte a ti mismo.
- ¿Cómo? - Preguntó Bruno, confundido.
- ¿Cómo? - Preguntó Bruno, confundido.
- Quizás ahora no lo entiendas - Dijo, acariciándole el cabello y entregándole el cuaderno - Pero algún día lo harás. No pierdas este cuaderno nunca. - Sonrió y besó su frente - Ahora bambino, ve a dormir.
Bruno tomó el cuaderno, lo guardó bajo el colchón de su cama, y se durmió. Había sido, hasta ahora, el mejor cumpleaños, aún sin la bicicleta.
Pasaron los meses, Bruno seguía trabajando para la señora Fiorella. No le faltaba mucho para conseguir todo el dinero para la bicicleta, solo bastaban 2 semanas más de trabajo y podría decirle ¡Adiós para siempre! a los perros malcriados de la vecina. Llegó entonces un día a la casa de la señora Fiorella.
- ¡Buenos días mi pequeño trabajador!
- Buenos días, señora Fiorella.
- Pasa adelante, clavelito.
- Muchas gracias, señora.
- Ah, Bruno, si necesitas ir al baño, no uses el de invitados, pues se ha roto la tubería. Usa el de mi cuarto, con confianza.
- De acuerdo, señora.
- Bueno, Bruno, te dejo ¡Ten un buen día! - Dijo mientras salía y cerraba la puerta de golpe.
Una vez solo, Bruno hizo lo de siempre: recogió las necesidades de los perros, cepilló a Mateo, masajeó las patas de Tadeo, llenó sus platos de agua, comida y luego jugó un rato con ellos. Cuando fue más tarde, Bruno sintió necesidad de ir al baño, así que, haciendo caso a lo que dijo la señora Fiorella, entró a la habitación y fue que al que estaba allí. Cerró la puerta, se bajó los pantalones, se sentó en la taza, y entonces, recordó: Otto estaba dentro de la habitación, y él había dejado la puerta del cuarto abierta..¡Si Otto se salía, Mateo y Tadeo se lo comerían!. Se estiró un poco, pero sin levantarse de la taza, entreabrió la puerta, asomó la cabeza, y, justo como lo había pensado, el pequeño perro café no estaba. Se levantó precipitadamente, se subió los pantalones y corrió al jardín, donde encontró a Mateo y a Tadeo atacando al indefenso cachorrito. Bruno corrió e intentó salvar al perrito, empujó a Tadeo, e intentó hacer lo mismo con Mateo, pero fue inútil, el gran perro negro tenía el cuello de Otto en su boca, quien movía sus patas con desesperación, el pequeño niño intentó sacarlo, jalándole por las patas... grave error...poco a poco, el cachorrito dejó de luchar, hasta quedar completamente inmóvil. Ya no había nada que Bruno pudiera hacer.
Pasaron los meses, Bruno seguía trabajando para la señora Fiorella. No le faltaba mucho para conseguir todo el dinero para la bicicleta, solo bastaban 2 semanas más de trabajo y podría decirle ¡Adiós para siempre! a los perros malcriados de la vecina. Llegó entonces un día a la casa de la señora Fiorella.
- ¡Buenos días mi pequeño trabajador!
- Buenos días, señora Fiorella.
- Pasa adelante, clavelito.
- Muchas gracias, señora.
- Ah, Bruno, si necesitas ir al baño, no uses el de invitados, pues se ha roto la tubería. Usa el de mi cuarto, con confianza.
- De acuerdo, señora.
- Bueno, Bruno, te dejo ¡Ten un buen día! - Dijo mientras salía y cerraba la puerta de golpe.
Una vez solo, Bruno hizo lo de siempre: recogió las necesidades de los perros, cepilló a Mateo, masajeó las patas de Tadeo, llenó sus platos de agua, comida y luego jugó un rato con ellos. Cuando fue más tarde, Bruno sintió necesidad de ir al baño, así que, haciendo caso a lo que dijo la señora Fiorella, entró a la habitación y fue que al que estaba allí. Cerró la puerta, se bajó los pantalones, se sentó en la taza, y entonces, recordó: Otto estaba dentro de la habitación, y él había dejado la puerta del cuarto abierta..¡Si Otto se salía, Mateo y Tadeo se lo comerían!. Se estiró un poco, pero sin levantarse de la taza, entreabrió la puerta, asomó la cabeza, y, justo como lo había pensado, el pequeño perro café no estaba. Se levantó precipitadamente, se subió los pantalones y corrió al jardín, donde encontró a Mateo y a Tadeo atacando al indefenso cachorrito. Bruno corrió e intentó salvar al perrito, empujó a Tadeo, e intentó hacer lo mismo con Mateo, pero fue inútil, el gran perro negro tenía el cuello de Otto en su boca, quien movía sus patas con desesperación, el pequeño niño intentó sacarlo, jalándole por las patas... grave error...poco a poco, el cachorrito dejó de luchar, hasta quedar completamente inmóvil. Ya no había nada que Bruno pudiera hacer.
(Continuará...)