Saturday, August 25, 2012

2da parte. La madera cortada por uno mismo calienta mucho más.

  Al principio los "niños" de la señora Fiorella no querían mucho a Bruno; cepillarlos, bañarlos y masajearlos era una dura tarea debido a su falta de cooperación, Otto, el pequeño perro café era el único que apreciaba un poco a Bruno. Lo mordieron más de una vez, aunque, para él, era algo así como una ventaja, pues la señora Fiorella le pagaba de más cuando pasaban esos incidentes "Son niños, no saben lo que hacen. Disculpalos y comprate un helado, clavelito" le decía ella (aunque, claro está, Bruno no compraba ningún helado)
 El tiempo fue pasando, y los perros tuvieron que acostumbrarse a la presencia de Bruno. Luego de varios meses, ya lo respetaban y querían, al igual que la señora Fiorella, que empezaba a ver a Bruno como ese nieto que nunca tuvo. 
- Bruno, clavelito ¿cuando es tu cumpleaños? - Le preguntó una noche, justo antes de que se fuera
- El 15 de Marzo, señora. - contestó 
- ¡Oh, queridito! ¡Pero si eso es mañana! 
- Si, lo se señora. 
- ¿Que quieres que te regale? 
- No tiene que regalarme nada, tranquila. 
- ¡Anda! ¡Deja que te regale algo! - Dijo ella, mientras se cruzaba de brazos
- No señora, no tiene que darme algo. No necesito nada - Contestó Bruno, aunque estuvo a punto de decir "Podría ser la hermosa bicicleta de la tienda de la esquina, señora Fiorella" pero recordó todo eso de conseguirla con el sudor de su frente y cambió de idea. 
-  ¡Eres bastante antipático Bruno! Pero no me importa lo que digas, igual te daré un obsequi. - Dijo ella. Bruno quería seguir negándose, pero pensó que ella podría llegar a tomarlo como una grosería.
- Está bien, señora Fiorella, muchas gracias.
- ¡Ese es el Bruno simpático que conozco! ¡Buenas noches y hasta mañana, clavelito! - Dijo mientras lo despedía con un gesto de la mano y cerraba la puerta. 
  Mientras Bruno caminaba a su casa , pensó que, quizás la señora le compraría la bicicleta, por pura casualidad. Fue el resto del camino con una sonrisa dibujada en su rostro. 

 Al día siguiente, Bruno se despertó con la misma sonrisa con la que llegó a casa. Desayunó en grande, como nunca lo había hecho, y recibió sus regalos. Sus abuelos le regalaron un sweater nuevo ¡no uno viejo que había usado su nonno! entre sus 6 hermanos le hicieron una tarjeta, que más tarde Bruno pegó sobre su cama. En la escuela le fue bastante bien para ser él; algunos compañeros y maestros recordaron la fecha y lo felicitaron ¡nada de burlas! ¡era uno de los mejores días de su vida!. 
 Esa tarde llegó más temprano de lo normal a casa de la señora Fiorella, y ya estaba preparado para recibir su bicicleta; se puso en puntillas, tocó el timbre, se alejó un poco de la puerta y preparó la mejor sonrisa. 
- ¡Feliz cumpleaños mi clavelito! - Dijo la señora Fiorella abriendo la puerta 
- ¡Muchas gracias! - Dijo Bruno, corriendo a abrazarla.
- Pasa adelante, te daré tu regalo - Dijo cerrando la puerta. - Sientate en la cocina, extiende las manos y cierra los ojos.  - ... ¿Extiende las manos? claramente, no iba a darle la bicicleta. Bruno hizo caso, un poco desilusionado. Luego de un rato, oyó los pesados pasos de la señora que se acercaban a él; sintió un peso sobre sus manos 
- ¡Sorpresa! ¡abre los ojos mi lindo! - Bruno abrió los ojos, vio sus manos y se encontró con un cuaderno grueso, rojo, no muy grande, una caja de lapices, y una pluma. 
- Eeeh... muchas gracias señora Fiorella, muy lindo de su parte. - Dijo Bruno, mientras sonreía falsamente
- ¡Que bueno que te gusta clavelito! ¡A tu edad yo disfrutaba dibujando y escribiendo, espero que tu igual!
- Si, disfruto mucho esas cosas...
 - ¡Excelente! Bueno.. ya debo irme ¡hasta la noche! - Bruno sonrió de nuevo, como si estuviera realmente feliz por ese regalo, aunque, dibujar y escribir fuera de la escuela, no era algo que le llamara mucho la atención... 
  Esa noche cuando llegó a su casa, lo primero que hizo fue dejar su regalo sobre la mesa de la cocina e irse directamente a su habitación
- Oye, cumpleañero ¿quien te dio eso? - Le dijo su abuelo, tomando el cuaderno y mirándolo atentamente. 
- La vecina. - Dijo, sin dejar de caminar. 
- Me parece el mejor regalo que te han dado. - Bruno se detuvo y se volteó a mirarlo
- No, es inútil.
- No, Bruno, no es así - Dijo mientras se acercaba a abrazarlo - Este es el regalo más útil.
- Claro, es útil para la escuela.
- Si yo fuera tú, no lo usaría para la escuela.
- ¿Lo usarías como leña para encender una fogata? - Contestó Bruno. Su abuelo sonrió
- No.
- ¿Le arrancarías las páginas y lo usarías como papel higiénico? - Preguntó Bruno. Su abuelo volvió a sonreír.
- No, lo usaría para escribir lo que quisiera, Bruno.
- ¿Como qué? 
- Eso lo sabes tu. - Dijo, tocándole la punta de la nariz - Pero, déjame decirte, no hay mejor compañía que un cuaderno y una pluma. Ellos nunca te abandonan, nunca se quejan, siempre están allí para ayudarte a expresarte, entenderte y encontrarte a ti mismo.
- ¿Cómo? - Preguntó Bruno, confundido.
- Quizás ahora no lo entiendas - Dijo, acariciándole el cabello y entregándole el cuaderno - Pero algún día lo harás. No pierdas este cuaderno nunca. - Sonrió y besó su frente - Ahora bambino, ve a dormir.
 Bruno tomó el cuaderno, lo guardó bajo el colchón de su cama, y se durmió. Había sido, hasta ahora, el mejor cumpleaños, aún sin la bicicleta.

  Pasaron los meses, Bruno seguía trabajando para la señora Fiorella. No le faltaba mucho para conseguir todo el dinero para la bicicleta, solo bastaban 2 semanas más de trabajo y podría decirle ¡Adiós para siempre! a los perros malcriados de la vecina. Llegó entonces un día a la casa de la señora Fiorella.
- ¡Buenos días mi pequeño trabajador!
- Buenos días, señora Fiorella.
- Pasa adelante, clavelito.
- Muchas gracias, señora.
- Ah, Bruno, si necesitas ir al baño, no uses el de invitados, pues se ha roto la tubería. Usa el de mi cuarto, con confianza.
- De acuerdo, señora.
- Bueno, Bruno, te dejo ¡Ten un buen día! - Dijo mientras salía y cerraba la puerta de golpe.
  Una vez solo, Bruno hizo lo de siempre: recogió las necesidades de los perros, cepilló a Mateo, masajeó las patas de Tadeo, llenó sus platos de agua, comida y luego jugó un rato con ellos. Cuando fue más tarde, Bruno sintió necesidad de ir al baño, así que, haciendo caso a lo que dijo la señora Fiorella, entró a la habitación y fue que al que estaba allí. Cerró la puerta, se bajó los pantalones, se sentó en la taza, y entonces, recordó: Otto estaba dentro de la habitación, y él había dejado la puerta del cuarto abierta..¡Si Otto se salía, Mateo y Tadeo se lo comerían!. Se estiró un poco, pero sin levantarse de la taza, entreabrió la puerta, asomó la cabeza, y, justo como lo había pensado, el pequeño perro café no estaba. Se levantó precipitadamente, se subió los pantalones y corrió al jardín, donde encontró a Mateo y a Tadeo atacando al indefenso cachorrito. Bruno corrió e intentó salvar al perrito, empujó a Tadeo, e intentó hacer lo mismo con Mateo, pero fue inútil, el gran perro negro tenía el cuello de Otto en su boca, quien movía sus patas con desesperación, el pequeño niño intentó sacarlo, jalándole por las patas... grave error...poco a poco, el cachorrito dejó de luchar, hasta quedar completamente inmóvil. Ya no había nada que Bruno pudiera hacer.

(Continuará...)  

Friday, August 24, 2012

1a parte. De sueño a plan.

   Se acercó lentamente y pasó su manos por el empañado vidrio, se inclinó un poco, acercó si cabeza y ahí estaba, perfecta, bella, e inmóvil, como siempre. Tan brillante, tan despampanante, tan, tan...lejos. Todos los días, de camino a la escuela, Bruno se detenía frente a ella y la admiraba por varios minutos; lo único que los separaba era ese material duro, frágil, transparente y amorfo conocido como vidrio, y el precio, por supuesto. Era demasiado onerosa para ser una simple bicicleta, o bueno, en realidad no era tan costosa, pero para el pequeño Bruno, lo era. Su familia apenas tenía dinero para alimentarlo a él y a sus 6 hermanos. Su madre había muerto durante el parto de su hermano menor, y su papá estaba en la guerra (la 2da guerra mundial) así que vivía con sus abuelo, quien era un simple zapatero y su abuela, ama de casa.
- ¡Oye, idiota! ¿te dormiste pegado al vidrio? - Gritó el hermano mayor de Bruno, Giuseppe.
- ¿ah? ¿que? no, no. - Contestó él - solo estaba viendo...
- La bendita bicicleta esa ¿no?
- .... si.... - Dijo Bruno, bajando la cabeza.
- Nunca vas a lograr pagarla ¿entiendes eso, no? - Dijo Giuseppe, colocando su mano en el hombro de su hermanito.
- Voy a comprarla, se que lo haré. - Contestó él, agitándose para quitarse la mano de su hermano de encima. Frunció el entrecejo, le tiró una mirada asesina y siguió caminando hacia la escuela.
- Eres un idiota Giuseppe. - Le dijo Francesca, (una de sus otras 4 hermanas, la única que aún no se había graduado) quien venía un poco más atrás. Le jaló la oreja, y siguió caminando.  Giuseppe suspiró, se acomodó su mochila y los siguió.
  Bruno era un niño de 10 años que vivía en Italia, era inteligente, humilde, sencillo y de gran corazón, con la capacidad de cambiar el mundo, pero sin ninguna motivación para ello. Vivía a varios kilómetros de la escuela, en una pequeña casa a la que le faltaba un poco de cariño. Nunca le había molestado el camino a la escuela, a pesar de lo largo que era, más bien, disfrutaba lo disfrutaba; era un momento del día en el que podía cavilar y perderse en sus pensamientos sin que otros le molestaran, era uno de los mejores momentos del día.
Llegaron a la escuela y cada uno fue a sus respectivos salones. Bruno se sentó en el mismo puesto de siempre, el primero de la fila. Colocó su bolso en la parte trasera del asiento, sacó su cuaderno, su lápiz y una vela que colocó y encendió debajo del asiento, para calentarse las manos de vez en cuando. Levanto la mirada y pudo ver que Giulia, la linda niña sentada junto a él, no tenía abrigo, ni vela para calentarse. Bruno siempre había sentido cierta atracción por ella; le encantaban sus ojos y su pelo café, además de su bonita sonrisa. Pensó que esta sería su gran oportunidad, se quitó el abrigo, apagó la vela, la tomó, se levantó de su asiento y fue hacia ella.
- Giulia... creo que... los necesitas más que yo. - Dijo el, con una sonrisa nerviosa.
- Em ¿como sabes mi nombre? - Preguntó ella, con cara de repugnancia.
- Lo se porque estudiamos juntos desde siempre. - Ya no se sentía tan valiente como antes.
- Oh, ¿y que te hace creer que yo necesito algo de ti?
- Es que, suponía que te estabas congelando, y quise ayudarte.
- No. No quiero que me ayudes - Dijo ella, girando la cabeza.  Él bajó la mirada y volvió a su asiento. Las palabras de esa niña había arruinado el día, y el autoestima de Bruno. De regreso a su casa con sus hermanos, Bruno volvió a pasar junto a la tienda donde estaba la bicicleta, pero, a diferencia de siempre, no se detuvo a verla, no tenía ganas de nada. Solo quería llegar a su casa, y tirarse en su cama.
 Pasó por la puerta de su casa detrás de sus hermanos, soltó su mochila, suspiró, se quitó el abrigo y caminó hacia su pequeña habitación. Pero su abuelo lo detuvo
- ¡Bambino! ¿Podrías por favor ir a comprar una bolsa de azúcar? - Dijo, agarrándolo por el hombro derecho.
- Nonno, no ha sido un buen día, solo quiero dormir. - Respondió Bruno, desganado.
- ¿Dormir? ¿a las 4 de la tarde? ¡lo que necesitas es un buen café con mucha azúcar! ¿podrías comprarla?
- Pero nonno, realmente no quiero...
- Bruno.. - Su abuelo se agachó, sonrió dulcemente y añadió - ¿podrías ir por favor? - Bruno no podía decirle que no a esa sonrisa.
- Bueno, está bien. - Fingió emoción.
- ¡Bravo bambino! - Sacó unas monedas de su bolsillo y se las entregó. Bruno tomó su abrigo y salió.
  El mercadito no quedaba muy lejos, a menos de una cuadra, pero con la modorra y la depresión que Bruno traía, el recorrido se hizo infinito. Cuando llegó allá, se dio cuenta de que su abuelo le había dado dinero de más, seguro por error, porque el no hacía ese tipo de cosas. Compró el azúcar, y cuando iba a de regreso, pensaba si debía darle el dinero sobrante a su abuelo, o, empezar a ahorrar para su bicicleta. En ese momento, empezó a oír ladridos, y cuando se dio vuelta, alrededor de 6 perros enormes venían corriendo hacia él. Bruno empezó a correr, pero los callejeros lo alcanzaron en un segundo; lo derribaron, rompieron la bolsa de azúcar, pero antes de que pudieran atacarlo, Bruno se levantó y huyó. Mientras corría, se dio cuenta de que había tirado el dinero que sobró. Dejó de correr, pues los perros no lo estaban persiguiendo, recuperó el aliento, levantó la mirada y se encontró a si mismo frente a la tienda de la bicicleta. Se acercó al vidrio y pegó la cara de él.
- Si yo te tuviera, no tendría que vivir días como estos. Podría comprar azúcar sin poner mi vida en riesgo, podría llegar más rápido a la escuela, y Giulia no me vería como un tonto. - Dijo, hablándole a la bicicleta - Todos me respetarían, todos dejarían de verme como un pobre idiota..... Giuseppe está muy equivocado, yo si voy a comprarte, y con mi propio dinero. - Se separó del vidrio y caminó muy seguro hacia su casa.
 Él sabía que si le pedía el dinero a su abuelo, se lo daría, aunque eso significara dejar de tomarse varias tazas de café. Pero Bruno quería comprarla con su propio esfuerzo, con el fruto de su duro trabajo. Recordó que hace varios días sus abuelos conversaban sobre la vecina de en frente, quien tenía varios perros a los que dejaba solos por las tardes y que estaba buscando alguien que los cuidara. Bruno tuvo una idea.

  Al día siguiente, después de la escuela, Bruno fue a casa de la vecina, se puso en puntillas y tocó el timbre. Segundos después, una señora de pelo canoso, alta, gorda y de nariz bulbosa se paró frente a él con un perro café y diminuto entre sus brazos.
- Buenas tardes Sra. - Dijo Bruno, sujetando sus manos en su espalda.
- Buenas tardes mi lindo ¿en que puedo ayudarte? - Dijo ella, esbozando una sonrisa.
- Verá señora, yo quiero ganar un poco de dinero, y escuche por allí que usted estaba buscando que alguien cuidara sus perros.... - La señora dudó un poco, pero como nadie más había pedido el trabajo, decidió probarlo.
- Pero claro pequeño, mucho gusto, me llamo Fiorella, pasa adelante - Dijo ella, echándose a un lado, para que él entrara. Lo primero que vio Bruno al entrar fue una pequeña sala, con 2 sofás y una mesita de café; habían varios cuadros en las paredes, todos retratos de los perros de la sra.
- Ven mi clavelito, pasa adelante. - Dijo ella, pasando frente a él, y haciéndole una seña para que lo siguiera. Pasaron por un pasillo, por la cocina, hasta llegar a el patio (el cual no era muy grande, pero para Bruno, era una sabana) donde habían varias casitas de madera para perros, varios platos de comida y varios juguetes destrozados, en ese momento, 2 perros gigantes salieron a atacar al cachorrito que traía su dueña entre sus brazos.
- ¡no! ¡no mis niños, no! - Gritó la gorda señora, levantando al pequeño perrito café y colocándose en puntillas. - ¡Querido! ¿Podrías controlarlos? - Dijo ella, intentando sonreír. Bruno reaccionó rápido, tomó a los perros por los collares y los llevó al otro lado del jardín, mientras la señora Fiorella entraba a la casa y dejaba al cachorro dentro de la casa. Bruno pudo darse cuenta de que no eran de raza, pero eso no le importaba. Uno era blanco con manchas cafés, delgado y con las patas muy largas, el otro, negro azabache, con una cola gruesa y larga.
- Bueno, perdona lo que pasó anteriormente. Es que Tadeo y Mateo no quieren mucho al pequeño Otto.... - Dijo la señora, caminando hacia él.
- Y ¿cual es cual? - Preguntó Bruno
- El es Tadeo - dijo señalando al perro blanco - y el es Mateo - añadió señalando al perro negro. - Mientras estés aquí no puedes dejar que Otto se les acerque, él tiene un pequeño espacio en mi habitación donde pasa todo el día. Debes mantener sus platos llenos de comida y agua, debes cepillar a Mateo 3 veces al día y masajear las patas de Tadeo cada 2 horas. Debes evitar que se coman las plantas, y debes recoger sus necesidades. Debes entretener a Otto, pues él tiende a aburrirse demasiado. Cuando llueva, debes encerrar a Tadeo en la cocina y a Mateo en la sala, pues si están juntos en espacios muy pequeños, pues se agobiarán. Ah, y debes bañarlos una vez por semana.  Ahora dime, ¿aún quieres este trabajo?
- Por su puesto que si señora Fiorella. - Contestó él.
- ¡Oh, casi lo olvido! ¿como te llamas?
- Bruno, señora.
- Muy bien entonces, mucha suerte mi clavelito . Volveré dentro de 6 horas. Hay un poco de comida sobre la mesa de la cocina ¡nos vemos! - Dijo ella mientras se iba.
 Vaya, la señora Fiorella le había dado demasiada confianza a Bruno... en muy poco tiempo.

Continuará... 

Friday, August 17, 2012

En esa pequeña porción de ciudad.

  Entró al pequeño estudio de su casa, que tenía varios estantes con libros de novelas fantásticas, una ventana rectangular en la pared izquieda, y un pequeño escritorio de madera con muchos papeles y plumas de distintos colores en el lado derecho de la habitación.  Se acercó al escritorio, arrimó la silla, dejó su café en la mesa y se sentó, respiró hondo, tomó una hoja de papel y una pluma. Iba a escribirle una carta a ella, pero solo si el mismo se lo permitía.
- Si hubiera hecho lo que tenía que hacer, no tendría que escribir ninguna carta.- Se dijo a si mismo, regañándose - Soy tan idiota. Por no haber corrido tras de ella,  ahora tengo que escribirle una carta, y no se siquiera por donde empezar...mmm.... - Chasqueó sus dedos y anotó en el papel con letra oscura y cursiva: Mi amor, ni siquiera se por donde empezar. Yo sé que fui un idiota, un idiota por no haberte detenido. Pero, debes entender que no era algo que yo pudiera detener.
- Aunque... bueno, si podía detenerlo, si yo hubiera llegado al aeropuerto y le hubiera dicho todo, ella estaría aquí. -  Tachó lo escrito anteriormente y escribió a un lado: Pude haberte detenido, pero no quise hacerlo. 
- No, no puedo escribirle eso ¡Es cruel! - Lo tachó y puso: Pude haberte detenido, pero no me dejé hacerlo. - Espera, así sueno muy contradictorio.... - Lo tachó.   
-No sirvo para estas cosas - suspiró y apoyó la barbilla en su mano izquierda. 
-¿Por qué todo es tan difícil conmigo mismo? -  Levantó su cabeza, frunció el entrecejo y lanzó su pluma al otro lado de la habitación, el cual cayó justo debajo de la ventana.  - Si tan solo le hubiera hecho caso a lo que yo quería, no se habría ido - Dijo, golpeando la mesa. - Si le hubiera dicho que no quería vivir sin ella, si le hubiera dicho que ella ilumina mis días, ella estaría aquí - Golpeó la mesa con más fuerza aún, lo que ocasionó que la taza se cayera, y rompiera en muchos pedazos. - No hay idiota más grande que yo. - Se agachó, y arrimó los pedazos de la taza lejos de sus pies - No le voy a escribir nada, no le interesa lo que un idiota como yo le diga, lo se. - Se levantó para buscar la pluma, pero antes de agacharse, se distrajo un momento viendo la ventana. Era rectangular, y a través de ella podía verse una pequeña porción de la ciudad. Un teatro, una biblioteca, una cafetería, un parque, una parada de autobús y, a lo lejos, una pequeña residencia. Había mucha gente entrando y saliendo de los distintos locales. Fue en esa ciudad, en esa pequeña porción de ciudad donde se vieron por primera vez. Caminó al otro lado de la habitación, arrimó la mesa y el escritorio hasta la ventana, tomó una hoja nueva, apoyó la cabeza en sus manos y se quedó mirando un rato a la ventana. Empezó a recordar como fue todo.
  Ella era una artista, que trabajaba en el pequeño teatro que formaba parte de esa pequeña porción de ciudad, tenía mucho talento, más bien demasiado, pero los otros no lo notaban; era una mujer alegre, humilde e inteligente. Él, era un hombre solitario, dueño de la biblioteca de la pequeña porción de ciudad. Amaba la actuación y cada vez que podía se escapaba del trabajo para ir al teatro que estaba a 5 minutos caminando. Ir allí era una manera de sentirse menos solo. Una de esas muchas veces, fue a ver "Romeo y Julieta" que fue protagonizado por esa artista. Le gustó mucho la obra, el sonido, la música, el vestuario... pero, lo que más le gustó, fue la Julieta. Al terminar, fue a la parte trasera del teatro, donde había una gran puerta negra, la cual era la salida de los artistas, donde se sentó a esperarla. Después de un rato no muy largo, apareció la Julieta. La saludó, la felicitó por su actuación y la invitó a tomar un café en la cafetería que estaba en esa pequeña porción de ciudad. Ella le contó cuanto amaba los libros, y él le contó cuanto adoraba el teatro; se dieron cuenta de que, eran diferentes, pero aún así, se complementaban. De allí en adelante empezaron a salir todos los días; ella lo coleaba en el teatro gratis, y él le prestaba libros de la biblioteca sin tener que pagar. Siempre hablaban, y buscaban temas, y temas de conversación para pasar más tiempo con el otro; los silencios no eran incómodos y las palabras eran sinceras. Pero, llegó un momento en que las diferencias entre ellos se hicieron notables, y empezaron las peleas. Discutían por cosas estúpidas e inútiles, pero, pronto esas cosas pudieron más que ellos. Dejaron de verse tan a menudo, dejaron de hablar y de estar juntos. Cada vez que él decidía ir al teatro, se aseguraba de que en la obra no actuara ella. Y por su parte, ella iba a la biblioteca de noche, cuando el no estaba. Ambos querían verse, ambos querían que todo volviera a ser como antes, pero, el orgullo no se los permitía. Un buen día, él recibió una carta de ella, en la que le informaba que se iría a vivir a New York dentro de 2 días, pues un profesor de una academia muy importante vio una de sus obras, y quedó tan impresionado que le pidió que fuese a estudiar allá. Él, estuvo dándole vueltas a la cabeza durante 2 días, para ver si corría a buscarla, o la dejaba ir. Al final, él decidió no hacer nada al respecto. Ahora estaba allí, sentado, recordando toda la historia, y sin poder hacer nada.

 Unas lágrimas empezaron a brotar de sus ojos, tomó su pluma, y empezó a escribir. 

Thursday, August 16, 2012

Mientras tomaba café.

 A ti:

Veníamos caminando juntos, agarrados de la mano, por un camino resbaloso en el que era fácil caerse. Tu me sujetabas, y no permitías que nada me pasara, me sentía segura. Me contaste tu historia, tus ideas, anhelos, deseos y me ayudaste a crear los míos. Cuando pasaba un mal día me cantabas para alegrarme, y si no lo lograbas, llorabas junto a mí mientras me abrazabas. Pero, un día, sin decirme porque, cambiaste, sin quererlo así. A partir de allí fui yo quien tuvo que sujetarte, que mantenerte caminando, que evitar que te cayeras, y que siguieras caminando junto a mí. Te conté mis ideas, mis cuentos, y tu me ayudaste a creer en ellos. Mis palabras te mantenían en pie. Sonreías cuando estabas conmigo, pero llorabas cuando me iba. Eras tu contra algo más fuerte. Yo quise ayudarte, pero no era mi batalla, era la tuya. Empezaste a debilitarte, ya no había nada que pudiera ayudarte. Los días pasaron, y te atropellaron la esperanza. No quisiste hablarme, porque sabías perfectamente que no había barrera que detuviera tu llanto si me veías. No eras igual que antes. Ya no había nada que pudieras hacer.
 Al principio dejé de caminar, no quería seguir sin ti. Nada tenía sentido. Ya nadie me contaba nada en el camino. Ya nadie me cantaba en esos días. No había nada.....
  Los días pasaron, y tuvieron que levantarme, tuve que aprender a andar sin ti. Y lo hice. Se que eso es, quizás, por lo que estas más orgulloso.
   Fuiste tu quien me motivo a hacerlo. Todo esto es por ti. Gracias.




(La peor entrada, pero aún así, quise compartirla. Gracias por leer.) 



Saturday, August 4, 2012

Sin titulo.

  Llegó a la puerta inseguro, tembloroso, dudoso y con paso inestable; él ya había hecho este tipo de cosas antes, pero, esta vez era diferente, era más significativo. Todo dependía de lo que pasara en aquella sala, pues así cambiaría su vida, la de ella, y la de muchos otros; tomó la perilla con sus manos y justo antes de girarla sintió que iba a desmayarse, se apoyo de la pared e intentó tranquilizarse y convencerse de que todo iba a salir bien y luego de varias respiraciones profundas, se separó de la pared, tomó una gran bocanada de aire, se pasó las manos por su pelo engominado y abrió la puerta de golpe. 
  Todos los presentes se levantaron verlo y lo saludaron con un gesto de la cabeza. 
- Buenos días - Todos los que estaban allí se sentaron. Él se sentó en la punta de la mesa triangular, se arregló la corbata, se aclaró la garganta y dijo con su voz grave. -Señoras y señores. Estamos aquí para.. 
- ¡No hay tiempo para introducciones! - Dijo un hombre pequeño, delgado y con ojos de un tamaño desproporcionado. - ¡hay que actuar rápido, el avión sale en 1 hora! 
 - ¡Ya empezaron a pelear! ¡Demonios! ¡Siempre es lo mismo! ¡Ustedes me molestan! - Exclamó un un hombre alto, fornido y con manos enormes. 
- ¡Dejen que yo hable! - Dijo un hombre alto y realmente guapo. Sus palabras vinieron acompañadas de una encantadora sonrisa.
- ¡Callate Orgullo! ¡Nadie quiere oírte a tí! ¡Tu tienes la culpa de que todo siempre salga mal! - Dijo el hombre de los ojos curiosos.
- ¡Me tienes envidia Impaciencia! ¡Porque soy perfecto y nunca me equivoco! - Exclamó Orgullo, aún con la sonrisa.
- ¡Pero no interrumpan a Sentido Común! ¡El estaba introduciendo el caso! - Dijo un hombre pequeño y gordito, con lentes cuadrados y dedos anchos mientras trataba de contener su llanto. 
- ¡Odio las introducciones! ¡No llevan a ninguna parte! ¡Eres un idiota, Tristeza, te odio! - Dijo otro hombre al otro lado de la sala.
- ¡ Cállate, Odio! ¡Eres un cavernícola! - Dijo Enojo
-  ¡Tu eres el cavernícola, Enojo! ¡Te odio! - Dijo Odio, muy furioso. 
- ¡No tengo paciencia para esto! - Dijo Impaciencia  mientras apoyaba la cabeza en sus manos.
- ¡Callate Impaciencia, no nos importa! ¡Ustedes me molestan! ¡Siempre es lo mismo! - Dijo Enojo
- ¡Te odio Enojo! - Exclamaron Odio e Impaciencia al mismo tiempo 
- Quizás esto te sorprenda, Enojo, pero ¡No me molesta que me odies!  - Dijo Enojo, golpeando su puño contra la mesa
- ¡Los odio a todos! ¡Los odio! - Dijo Odio sacudiendo sus manos por el aire.
- ¡Sus peleas me entristecen! - Dijo Tristeza, llorando a cantaros. 
- ¡Oh, cariño! - Exclamó Felicidad, mientras abrazaba a Tristeza. - ¡No les hagas caso! ¡Se feliz! 
- ¿Podemos pasar al tema principal y luego seguir peleando? - Dijo Impaciencia, abriendo los ojos.
- ¡Calla! ¡Nadie quiere oír tu opinión! - Dijo Enojo. 
  Se había empezado una verdadera trifulca, justo lo que Sentido Común temía. Intentó llamar la atención de todos sacudiendo sus manos, y llamándolos por su nombre repetidas veces, pero no le prestaban atención, era como si no existiera, pero siempre era así. De allí venía la inseguridad de Sentido Común.
- ¡Demonios! - Gritó Amor, un hombre alto, de ojos claros y dedos largos  - ¡Son unos idiotas! - Un silencio inundó la sala, y todas los ojos se voltearon a verlo - ¿Es que no se dan cuenta que la mujer que nos ha robado el corazón está a punto de montarse en un avión y en lugar de buscar la forma de evitarlo estamos aquí, peleando? ¡La amo y voy a perderle por su insensatez! -  Todos suspiraron arrepentidos y se sentaron callados. 
Y luego de un largo silencio, Sentido Común expresó, aún inseguro. - Gracias Amor. Ahora, pregunto yo, ¿Alguien tiene un plan? 
- Dejar que se vaya. Este viaje significa mucho para ella. Tiene mucho talento, y no puede explotarlo como es debido en este país - Dijo muy calmado Sensatez.
- ¡La amo y no puedo dejarla ir! - Dijo Amor
- Eso es correcto. Si ella no me buscó antes, entonces yo no la buscare. - Dijo Orgullo, cruzándose de brazos y volteando los ojos.
- Si..asi.. nos ahorramos la pena de correr tras.... ella... en el aeropuerto... - Dijo Vergüenza, temblando. 
- Pero... ¡ Me pongo triste de solo pensar en vivir sin ella! - Dijo tristeza. 
- ¡Odiaría vivir sin ella! - Dijo odio. 
- ¡No voy a correr tras ella! ¡Que ella corra tras de mí! - Dijo Orgullo, muy seguro. 
- Es lo mas sensato y correcto. - Dijo la sensatez. 
- ¡Pero la amo con todo mi ser! - Dijo Amor, bajando la mirada. 
- ¡Odio los viajes, odio los aviones! - Dijo Odio. Tristeza rompió en llanto. 
- Hay que pensar en lo que nos hará felices a nosotros. - Dijo Sentido Común. 
- Estar con ella, hoy y siempre - Dijo Alegría. Todos suspiraron profundamente. Y sonrieron estúpidamente. 
- ¡ La respuesta es simple compañeros! - Dijo Amor, levantándose de golpe - ¡Corramos al aeropuerto a decirle cuanto le amamos! 
- Me parece un plan excelente, me haría muy feliz - Dijo Alegría
- ¡Vayamos para allá! ¡Vamos! - Dijo Amor, emocionado
- Em... faltan 10 minutos para que salga el avión... - Dijo Impaciencia tamborileando sus dedos en la mesa.
-  ¡Eso es insensato! ¡Es su viaje! ¡Es su oportunidas! - Dijo Sensatez, deteniendo a todos. 
- ¡Ella no me busco! ¡Y yo no la buscare! ¡Nadie irá a ningún aeropuerto! - Dijo Orgullo, alzando la voz.
- ¡Te odio orgullo, te odio! ¡Todos los planes siempre se echan para atrás por tu culpa! - Dijo Odio.
 Orgullo dio vuelta a su silla y le dio la espalda a todos y susurró algo como "estúpido" 
- ¡Hay que tomar una decisión! ¡Rápido! - Dijo Sentido Común, alterándose.
- ¡Ir a detenerla! - Dijo amor, levantando un brazo
- ¡NO! ¡NO! ¡NUNCA! - Dijo Orgullo, levantándose y golpeando la mesa. 
- ¡La amo! ¡Y tu no te vas a entrometer esta vez! - Exclamó Amor
- ¡Estoy realmente molesto con todos ustedes! ¿Por que nos complicamos tanto? - Exclamó Enojo.
- Faltan 5 minutos ¡ Apúrense! - Dijo Impaciencia muy alterado. 
- ¡CORRAMOS! - Dijo Amor, haciendo señas de que lo siguieran. 
- Y ¿Que le vas a decir, genio? - Pregunto Sensatez, cruzándose de brazos.
- Decirle lo mucho que la amo.. - Dijo Amor
- Y lo feliz que me hace... - Dijo Alegría
- Se lleva con ella mi tristeza... - Dijo Tristeza.
- Es lo único que no odio... - Dijo Odio. 
- Ella ilumina mis días, y los de todos aquí. No puede irse. 
- Aprende a vivir sin ella. - Dijo Sensatez.
- Se vivir sin ella, es solo que... no quiero. - Susurró amor. 
 Un silencio llenó la sala, de nuevo. 
- 2 minutos... - Dijo Impaciencia, mientras tocaba su reloj desesperado
- Puedo vivir sin ella, suficiente conmigo mismo. - Dijo Orgullo
-No te mientas de esa manera - Dijo Amor. 
- No me miento. Igualmente, ya no da tiempo de llegar al Aeropuerto.
 Todos se callaron. Orgullo tenía razón
- A veces me pregunto como es posible que tú, y solo tú, seas la última palabra, aún sobre la sensatez y el sentido común. Eres lo único que nos separa de lo que amamos, siempre fue así, y creo que así será por mucho tiempo. 
- Te odio. - Dijo Odio
- ¿Por qué existes? Eres inútil - Dijo Enojo.
- Envidiosos - Orgullo suspiró indignado, se levantó , abrió la puerta y se fue.  
- Maldito, volvió a hacerlo de nuevo. - Dijo Amor.
- Ya... salió el avión. - Susurró Impaciencia.
- Ese comentario era innecesario. - Dijo Enojo.
 La tristeza rompió en llanto, una vez mas. Todos se miraron y suspiraron muy serios. Como siempre, Orgullo había logrado pasar sobre a el resto de los sentimientos. Siempre lograba tomar el mando, a pesar de ser el mas insensato e idiota de la sala.
 Segundos después, entró corriendo un hombre pálido y alto. Su corbata estaba mal amarrada, y su ropa puesta al revés. - ¡Perdonen la tardanza! ¡Estoy realmente arrepentido! - Dijo, mientras intentaba respirar
- Arrepentimiento, eres un idiota que siempre llega tarde. - Dijo Enojo.
(es solo un borrador, gracias)